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La muerte de Jezabel
Christianna Brand
Por Manuel Navarro Villanueva Publicado en Autores Golden, Reseñas, Whodunit en 20 marzo 2024 0 Comentarios 11 min lectura
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Y Jehú les dijo: «Echadla abajo». Y ellos la echaron; y parte de su sangre salpicó en la pared y en los caballos; y él la pisoteó. Jehú entró luego y después que comió y bebió, dijo: «Id ahora a ver a aquella maldita y sepultadla, pues es hija de rey».

Pero cuando fueron para sepultarla, no hallaron de ella más que la calavera y los pies, y las palmas de las manos.

Y volvieron y se lo dijeron. Y él dijo: «Esta es la palabra de Dios, que habló por boca del profeta Elías. Comerán los perros las carnes de Jezabel y el cuerpo de Jezabel será como estiércol sobre la faz de la tierra, de manera que nadie pueda decir: Esta es Jezabel». (2 Reyes, 9)

Así lo cuenta la Biblia. Jezabel fue una reina de Israel de origen fenicio. Fue manipuladora, cruel, idólatra y lasciva. Entre otras lindezas, mandó asesinar a todos los profetas del dios hebreo. La venganza terrible de Yahvé se ejecutó por la mano de Jehú. Sus siervos la lanzaron desde una torre de su propio palacio y la devoraron los perros.

La muerte de Jezabel, de Christianna Brand (1948), también narra una historia de venganza. El asesino imita los designios de Dios y acaba con la vida de la pérfida Isabel Drew lanzándola desde una torre de cartón piedra erigida en lo alto de un escenario, ante los ojos atónitos del público que asiste a la representación.

Nos encontramos, así, ante una novela que narra una venganza y un crimen teatral. Al mismo tiempo, y aunque parezca increíble por lo público del asesinato, es una variante rocambolesca del misterio de la habitación cerrada. Aunque dicha habitación sea un escenario y esté a la vista de cientos de personas. Magistral, ¿no?

La autora y la obra

Christianna Brand (1907-1988), a pesar de su corta producción policíaca, que consta de solo once novelas, fue una de las autoras más populares de las postrimerías de la Edad de Oro de la literatura británica de misterio. Nació en Malasia y creció en la India. Su primera novela, Death in High Hells (1941), fue fruto de una imaginación enfermiza: la futura escritora ―que por entonces trabajaba de vendedora en unos almacenes― fantaseaba con asesinar a una irritante compañera de trabajo.

Ese mismo año, en su novela Heads You Lose, creó a su detective más famoso, el inspector Cockrill[1], protagonista de La muerte de Jezabel. Sobre él escribe Martin Edwards:

Su apodo, Cockie, es poco probable que inspire miedo a un sospechoso. Sin embargo, en una historia de detectives las apariencias son invariablemente engañosas: El inspector Cockrill es cualquier cosa menos un hombrecito dulce. Brand, como la mayoría de los escritores de la Golden Age, tenía poco interés en las minucias del procedimiento policial y Cockrill es un policía improbable. Esto es así en parte porque, como admitió Brand: «estaba varios centímetros por debajo de la altura mínima para un policía británico y también resultaba, quizá, algo viejo». Cockrill no es muy bueno para los detalles físicos de una investigación, pero ―en palabras de su autora― tiene los atributos clásicos de un detective de ficción: «un agudo poder de observación; una considerable comprensión de la naturaleza humana; una integridad y un compromiso totales… Y, por encima de todo, tiene paciencia». Y, lo que es más importante, se trata de un personaje atractivo: un viudo cuyo único hijo está muerto; un hombre cuyos modales bruscos esconden compasión, sobre todo por los culpables. Cuando finalmente detiene al asesino (en Green for Danger), muestra su humanidad, diciendo: «Lo siento… Es algo terrible para mí». (Martin Edwards, The Story of Classic Crime in 100 Books)


En los años 40, cuando Christianna Brand comienza a producir sus novelas policíacas, el género ha perdido su ingenuidad, debido tanto al desgaste que habían sufrido sus lugares comunes, como a la grave crisis que supusieron los años de posguerra. En cualquier caso, en la literatura policial cada vez hay menos sitio para alegres mansiones en el campo, flemáticos mayordomos, cerbatanas que disparan flechas impregnadas de curare o chimeneas con puerta oculta. Autores tardíos como Michael Innes, Nicholas Blake o la propia Brand tienen que retorcer los tópicos del género para, respetándolo, darle una nueva visión.

Christianna Brand fue una maestra del crimen imposible. De ello da muestras la novela que el lector tiene entre manos. Pero también destacó por saber captar como nadie el destino y el alma de personajes comunes y anodinos que se ven envueltos en tramas apasionantes con algunos de los finales más asombrosos que ha dado nunca la narrativa detectivesca.

Además de novelas policiacas, Brand escribió literatura infantil. Su serie Matilda, la niñera mágica gozó de gran popularidad. No obstante, no es de extrañar que una mente tortuosa, acostumbrada a tramar memorables crímenes literarios, estuviera lejos de crear un cuento de hadas al uso: Matilda es una bruja fea y desagradable que trata de meter en cintura a unos niños traviesos.

Recibió dos nominaciones al premio Edgar por los relatos «Twist For Twist» (1967) y «Poison in the Cup» (1969), así como una por la obra de no ficción Heaven Knows Who (1960). Fue presidenta de la Crime Writer’s Association en 1972 y en 1973.

Murió en 1988.

Una venganza teatral

Dejando de lado convenientemente cautelas morales y reticencias prácticas, hay que reconocer una cosa: no hay nada como una buena venganza. Al menos en el ámbito de la ficción. Nos referimos a aquellos casos en que la venganza constituye la médula espinal de la historia, a esos personajes cuya razón de ser reside únicamente en tomarse la justicia por su mano y, a ser posible, algo más que la mera justicia. Resulta fascinante como solo pueden serlo los límites de la razón humana. Desde Orestes hasta Mamba Negra, pasando por la bella Krimilda y el pertinaz Edmond Dantès.

Una obsesión similar atraviesa la trama de La muerte de Jezabel. Johnny Wise, un joven soldado de origen malasio, es traicionado por la mujer a la que más amaba en el mundo: Perpetua Kirk. Desesperado, el pobre Johnny se suicida estrellándose con su coche. Lo triste del caso es que la supuesta traición de Perpetua en realidad no había sido más que un estúpido montaje. La niña ―que apenas había llegado a ser infiel― había sido manipulada por dos actores de segunda fila en horas bajas: Isabel Drew ―a la que llaman Jezabel por su carácter manipulador y dañino― y Earl Anderson, un galán decrépito.

Diez años después los tres actores involucrados en la tragedia del soldado comienzan a recibir amenazas anónimas. El resultado es un asesinato espectacular. Isabel Drew, que representaba a una doncella medieval en una función  teatral, cae de la torre levantada en el decorado, ante diez caballeros medievales montados a caballo que abarrotaban en ese momento el escenario y varios cientos de espectadores que contemplan la escena anonadados. La actriz ha muerto estrangulada.

La venganza se ha ejecutado de forma pública ―con clara inspiración bíblica― y el asesino ha conseguido mantenerse oculto.

Se trata de una curiosa variante del crimen imposible: el asesinato en escena.

Varios autores de la novela detectivesca han sucumbido a la tentación de perpetrar este pintoresco y llamativo modo de acabar con sus víctimas literarias. Imposible olvidar Un asesino en escena de Ngaio Marsh (Enter a Murderer, 1935), ¡Hamlet, venganza! de Michael Innes (Hamlet, Revenge!, 1937) o Enigma para actores de Patrick Quentin (Puzzle for Players, 1938), por nombrar solo los más destacados. Christianna Brand quiso contribuir a esta tradición dando a la imprenta esta obra maestra.

La muerte de Jezabel es, sin duda, una de las novelas más sorprendentes que han tratado el tema y un clásico del policial inglés. Ningún lector que lea su final podrá olvidarlo fácilmente.

Memento mori. Pesimismo barroco en la Golden Age

Pocos autores del policial clásico alcanzaron la maestría de Christianna Brand para dar vida a sus personajes. Con breves trazos nos presenta ante los ojos la condición humana con toda su miseria y esplendor. Así es también en la novela que nos ocupa.

Los años cuarenta no fueron años de alegría en Inglaterra. La sociedad pugnaba por reconstruirse y recuperar la esperanza en que, si bien es imposible volver al pasado, quizá sí se pueda construir un futuro digno. Entre estos dos polos oscilan los personajes de La muerte de Jezabel: entre el desánimo y el anhelo de un mundo mejor.

En efecto, se trata de un elenco de seres solitarios, que parecen condenados al aislamiento. Papaíto Port, un hombre que ha pasado la edad madura y hace el ridículo persiguiendo actrices jóvenes para olvidar que su mujer está en un hospital; George, el Mimado, un adolescente introvertido que se debate entre la valentía y la estupidez propia de sus años; la señorita Betchley, fea, hombruna y enamorada de un hombre que ni la mira…

Y por encima de todos ellos está Perpetua Kirk, la pobre Perpetua que ha cargado durante años con la culpa hasta que la culpa la ha aplastado, hasta que casi la ha hecho desaparecer, desvanecerse como una sombra…

Nos hallamos ante una novela triste fruto de una época triste. El pesimismo barroco ―con su burla amarga y su deformación grotesca― parece inspirar alguno de sus pasajes más memorables.

Ahora las calles no eran como las recordaba. Estaban completamente vacías y en silencio. En los umbrales, pequeños grupos de botellas de leche se apiñaban con sus sucios cuellos blancos, esperando a que el repartidor las recogiera a la mañana siguiente y las llevara para lavarlas y enviarlas de nuevo al servicio. En algunas zonas, los cubos de basura derramaban su desagradable contenido, como implacables recordatorios de la mortalidad del hombre. De vez en cuando, el viento suave emitía un pequeño suspiro y la brisa arrastraba un olor a podredumbre. Los plátanos crujían, susurrando un mensaje desde los cubos de basura: «Todo es podredumbre. Todo es muerte». Las farolas de la calle principal proyectaban sombras sobre unas paredes que parecían tan negras y profundas como la eternidad. Una pareja que llegaba tarde a casa después de una fiesta fue engullida por una puerta oscura. La intensidad y el éxtasis ya se estaban desvaneciendo y mañana solo habría dolores de cabeza y náuseas. La belleza se desvanece, la belleza pasa… (Capt. 10)

Y sin embargo, queda espacio para la esperanza. Y en esta novela la esperanza aparece del lado de un hombre viejo: el inspector Cockrill.

Se ha afirmado muchas veces que la novela detectivesca supone la restauración de un orden tras el caos que provoca el crimen. Una vez desvelados los secretos, desenmascaradas las mentiras, el cosmos, de algún modo, recuperará el equilibrio perdido. El detective siempre conoce la verdad.

Cockrill es consciente, en efecto, de que vivimos en un mundo de máscaras. Lo que también sabe ―y ahí radica su verdadera sabiduría― es que detrás de estas máscaras no se esconden monstruos: solo hay seres humanos. Esa es su verdad.

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[1] La serie del inspector Cockrill consta de seis novelas y un libro de relatos: Heads You Lose (1941), Green for Danger (1944), Suddenly at His Residence  (1946), Death of Jezebel (1948), London Particular (1952), Tour de Force (1955) y The Spotted Cat and Other Mysteries from Inspector Cockrill’s Casebook (Crippen & Landru, 2002). El inspector Charlesworth, coprotagonista con Cockrill de La muerte de Jezabel, fue el detective principal de dos títulos: Death in High Heels (1941) y The Rose in Darkness (1979).

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