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La casa torcida
Agatha Christie
Por Calabuig y Navarro Publicado en Reseñas en 9 septiembre 2021 0 Comentarios 11 min lectura
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La auténtica novela detectivesca avanza hacia dentro, hacia los dioses del hogar, incluso aunque sean demonios del hogar.

G. K. Chesterton, Cómo escribir relatos policíacos

La casa torcida (Crooked House, 1949) es la menos convencional de las obras maestras salidas de la pluma de Agatha Christie. Su autora siempre la prefirió frente a las otras. Se trata de una novela triste, de atmósfera opresiva y trágica. Pocas veces la reina del misterio había ahondado tanto en las relaciones humanas. Nunca el resultado fue tan desolador.

La historia está narrada en primera persona por Charles Hayward, un joven diplomático cuya novia, Sophia Leonides, le pide a este que vaya a su casa para ayudarle a descubrir la verdad sobre la muerte de su abuelo, el magnate Aristide Leónides. La incertidumbre y la sospecha se interponen al amor.

El estilo es sobrio, contenido y bello. El uso de la primera persona le da calidez y verosimilitud a la narración.

Volví a Inglaterra un día suave del mes de septiembre. Las hojas de los árboles parecían de oro a la luz del atardecer. El viento soplaba en ráfagas juguetonas (…) Siempre produce impresión el encontrarse de nuevo con una persona a quien no se ha visto desde hace mucho tiempo, pero que ha estado muy presente en nuestra imaginación. Cuando por fin apareció Sophia por la puerta giratoria, nuestro encuentro parecía completamente irreal. Iba vestida de negro y eso, por alguna extraña razón, me sobresaltó.

El anciano había sido asesinado con una inyección de eserina y la investigación ya estaba en manos de Scotland Yard. La doble condición de ser hijo de un comisario de la policía y, al mismo tiempo, novio de la nieta de Aristide coloca a Hayward en la posición ideal para introducirse en la casa y sacar información a los miembros de la familia. La sombra del viejo potentado pesa sobre cada uno de ellos.

La historia de la literatura ha dado a la posteridad algunos personajes ausentes de gran importancia. Seres que no actúan de forma directa sobre los acontecimientos de la trama, pero cuya presencia ―como una suerte fatalidad― es continua y determinante. Como Godot o Rebeca; como el binomio de miss Jessel y Peter Quint en Otra vuelta de tuerca; como el Sunday chestertoniano o el tercer hombre. Son personajes fantasma, personajes destino, personajes Dios.

En la novela policial el personaje ausente suele ser la víctima. El patriarca Arisitide Leonides es un ejemplo inquietante y perfecto. Aun después de muerto, ejerce un dominio total sobre el pequeño universo que supone su familia. Parece capaz tanto de dar la vida como de quitarla. Como un dios antiguo. Como un endemoniado fabricante de juguetes.

Era el retrato de un hombre pequeño, de ojos oscuros y penetrantes. Llevaba un casquete de terciopelo negro y tenía la cabeza hundida entre los hombros, pero la vitalidad y el poder de aquel hombre irradiaba desde la tela. Los ojos chispeantes parecían apresar los míos (…) Comprendí entonces lo que Edith de Haviland había querido decir cuando habló de lo vacía que parecía la casa sin él. Éste es el Hombrecito Torcido que había hecho la Casita Torcida, y, sin él, la Casita Torcida había perdido su significado. (…)

―Mi abuelo ejercía como un dominio sobre las personas, ¿sabes? Creo que era capaz de hacer que una mujer se sintiera como… una reina, la favorita del sultán. (…) Sus métodos eran torcidos. Nunca hizo nada que estuviera fuera de la ley, pero era de esos tipos que siempre encuentran el medio de sortearla. De este modo, incluso en esta última guerra se puso las botas, ya viejo como era. Nunca hizo nada ilegal, pero tan pronto como se metía en algo, había que hacer una nueva ley; no sé si me entiendes. Pero para entonces, ya estaba él en otro asunto

A la influencia del magnate hay que sumar la de la casa. Es una casa deforme, torcida, maligna. El hogar de los Leonides parece marcar la torturada personalidad de cada uno de sus habitantes e impresiona a todo aquel que lo visita. La autora recurre de nuevo al perfil inquietante de las canciones infantiles:

Érase un hombre torcido

que anduvo una milla torcida.

Encontró seis peniques torcidos

junto a un portillo torcido.

Tenía un gato torcido

que cogió un ratón torcido,

y todos vivieron juntos

en una casita torcida.

De manera cuidadosa y original, a medida que el protagonista recorre la casa junto con el inspector, se presenta a los personajes, cuyo carácter está en sintonía con el de la decoración de las estancias que habitan.

Había luz, espacio y aire. Era tan distinto del gran salón lleno de flores y brocados del piso de abajo, como la tiza del queso. Y la esposa de Roger Leonides era tan diferente de la de Phillip Leonides como pueda serlo una mujer a otra. Mientras Magda Leonides daba la impresión de poder ser, y con frecuencia lo era, por lo menos media docena de mujeres distintas, Clemency Leonides, estaba seguro de ello, nunca podría ser sino ella misma. Era una mujer de personalidad muy aguda y definida.

En las novelas de posguerra la familia dejó de ser un refugio. O bien se convierte en un paraíso perdido (Cinco cerditos) o bien se corrompe (Pleamares de la vida). Se transforma en algo enfermizo y peligroso, asfixiante, una pesada carga de la que nadie puede librarse aunque todos lo desean. La de los Leonides es una familia torcida porque ninguno de sus miembros se ha desarrollado como un ser independiente; han crecido enredándose entre ellos de forma enfermiza, enmarañándose como hierbajos:

Somos una familia muy extraña… Hay en nosotros crueldad… crueldad de diferentes clases.

Sophia Leonides lo deja claro desde el principio: en todos ellos hay un principio de crueldad. Una especie de semilla del mal que florece y se manifiesta de diferentes maneras según el terreno en el que brota.

La luminosidad del ambiente de las primeras páginas se atenúa cuando el protagonista se adentra en la casa y se desplaza por ella. Y se oscurece todavía más a medida que va conociendo las viciadas relaciones y debilidades de sus habitantes.

Tanto la frialdad del padre de Sophia Leonides como la superficial alegría de su madre resultan siniestros. El hermano adolescente de la joven es huraño y retraído. El preceptor de los niños parece bueno, pero es un joven débil y frustrado. La tía oculta quizá un deseo frustrado hacia su difunto cuñado. Todos esconden algo.

De entre todos ellos, sobresale la figura inolvidable de Josephine, la hermana de Sophie. Se cuenta entre los mejores secundarios salidos de la pluma de la autora. Aficionada a la literatura policiaca, la niña juega a los detectives, escucha tras las puertas, proporciona información crucial al protagonista y desprecia la inteligencia de la policía. Es fea, lista y maliciosa. Hay algo perturbador en sus ojos negros.

Josephine habló con fría superioridad. Había sido estúpido por mi parte el sugerir que se equivocaba. La desagradable niña continuó:

—Eustace y yo sabemos muchas cosas, pero yo sé más que él. Y no pienso decírselas. Dice que las mujeres no pueden ser buenos detectives. Pero yo digo que sí que saben. Voy a escribirlo todo en un cuaderno y entonces, cuando la policía esté completamente desconcertada, me presentaré y les comunicaré: «Yo puedo deciros quién lo mató»”.

—¿Lees muchas novelas policiacas, Josephine?

—Verdaderas montañas.

—Y me figuro que crees saber quién ha matado a tu abuelo.

—Sí, creo que lo sé; pero tengo que encontrar algunas pistas más.

Se produce un segundo asesinato. El nerviosismo y la desconfianza aumentan. El clima se enrarece todavía más, los personajes se sienten atrapados y el descubrimiento de la verdad es tan temido como inminente. El lector empieza a sospechar que todos saben quién es el asesino, pero que ninguno quiere aceptarlo.

Tal como sugiere su nombre, Sophia representa la voluntad de verdad, por cruda y descarnada que esta sea. Y por ello tal vez pueda decirse que es valiente, pero sin duda también posee, como los demás, un elemento de crueldad. La novela es filosófica en el sentido nietzscheano. Para el autor alemán, la filosofía es la única disciplina que critica todas las mistificaciones, la única que socava las ficciones útiles sin las cuales los débiles no podrían prevalecer.

Todos tienen medios y oportunidad. Falta un motivo. ¿Qué lleva a alguien a matar?

 ―No creo —dije— que fuera capaz de asesinar a una persona sólo porque no aprueba su estilo de vida ni sus fines. Puede que si realmente odiara al viejo… pero ¿se cometen asesinatos por puro odio?
—Muy pocos —dijo Taverner—. Yo nunca me he encontrado con ninguno.

La casa torcida, como decíamos arriba, es una novela de posguerra. Como tal, posee una serie de rasgos inequívocos que la hacen hija de su época.

Ante todo, transmite el desencantamiento del mundo, la desilusión, el desengaño y también la desesperanza. El candor y la inocencia han desaparecido del mundo.

―Creo que la gente mata con mayor frecuencia a los que quiere que a los que odia. Posiblemente porque solo aquellos a los que uno quiere de verdad pueden hacer intolerable nuestra vida.

A través de la atmósfera y de los personajes, se nos muestra cómo el mundo ha cumplido su mayoría de edad y en ese tránsito ha tenido que renunciar a los ideales de belleza, de bondad y de racionalidad a los que aspiraba. Ni la inteligencia del detective ni la experiencia del cuerpo policial nos salvarán del horror. En el ser humano anida el mal. Este es incomprensible y precisamente esa incomprensión lo hace todavía más insoportable.

Interrogado por su hijo, el comisario Hayward trata de explicar lo que su experiencia le ha enseñado acerca de los asesinos:

—¿Cómo son los asesinos? Algunos de ellos —una sonrisa melancólica asomó a su rostro— han sido unos chicos extraordinariamente simpáticos.

Creo que me sobresalté ligeramente.

—Sí, sí, muy simpáticos —dijo—. Tipos corrientes, como tú y como yo, o como el que acaba de salir, Rogerio Leónides. El asesinato, ¿sabes?, es un crimen de aficionados. Hablo, naturalmente, de la clase de asesinatos a que tú te refieres, no de las faenas de los gánsteres. Muchas veces, estos hombres agradables y corrientes dan la impresión de que hubieran sido sorprendidos por el asesinato, casi por accidente.  Se encontraban en una situación muy difícil o deseaban algo apasionadamente, dinero o una mujer y mataron para conseguirlo. El freno que nos detiene a la mayoría de nosotros no actúa sobre ellos. Un niño convierte su deseo en acción sin remordimiento … Llegan, a edad muy temprana, a un grado en el que saben que eso está mal, es decir, que si lo hacen los castigarán. Más tarde, sienten que está mal. Pero sospecho que algunas personas no maduran normalmente. Saben que el asesinato es malo, pero no lo sienten. Como resultado de mi experiencia, no creo que ningún asesino se haya arrepentido realmente.

En La casa torcida subyace la idea, teorizada cinco años después por Günther Anders, de que todos somos hijos de Eichmann. El asesino puede ser cualquiera, no está claramente marcado como Caín. Por eso no puedes verlo venir. Es una persona como nosotros, que ha decidido matar y lo ha hecho; un individuo corriente que libremente ha optado por traspasar la frontera moral que protege el mundo humano y que hace posible la convivencia.

Eso es lo terrorífico.

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