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Crímenes futuros. El género policial en Isaac Asimov
Por Noemí Calabuig Cañestro Publicado en En los márgenes en 8 noviembre 2020 0 Comentarios 33 min lectura
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Sostengo que los hombres podrían ser incomparablemente más felices de lo que son, y que podrían, en poco tiempo, realizar grandes progresos en incrementar su felicidad, si estuviesen dispuestos a hacer lo que deben.

G. Leibniz, Escritos filosóficos, vol. VII

Isaac Asimov (1920-1992) fue un escritor de una prolijidad desorbitada y admirable. Compuso hasta un total de cuatrocientos veintinueve volúmenes entre historiografía, divulgación científica, ensayo y narrativa. A pesar de tan extensa y variada obra, es de sobra conocido que debe su merecida fama a un único género: la ciencia ficción.

Sin embargo, el mismo Asimov desmentiría este aserto. Y no porque no se considerase a sí mismo un escritor de ciencia ficción ―era evidente para el mundo entero que lo era― ni porque cuestionase su propio prestigio o lo merecido de su fama ―la modestia no se encontraba entre sus virtudes, como él mismo destacó alguna vez―, sino porque para él la ciencia ficción no era un género. En opinión del fecundo autor de la Fundación, el tipo de literatura al que dedicó la mayor parte de su obra era más bien algo parecido a un punto de vista en relación con los avances de la ciencia. Siendo así, todos los géneros y temas serían susceptibles de ser tratados desde la perspectiva de la ficción científica.

Entre la mayoría de los que no están familiarizados con el tema, hay una tendencia a considerar la ciencia ficción como un miembro más del grupo de géneros especializados, tales como el policíaco, el del oeste, el de aventuras, el de narraciones deportivas, el amoroso y similares.

A quienes conocen bien la ciencia ficción, esto les ha parecido siempre extraño porque, sub finem, este género pretende ser una respuesta literaria a los cambios científicos, y esa respuesta puede abarcar la escala completa de la experiencia humana. En otras palabras, la ciencia ficción lo comprende todo. (Introducción a Estoy en Puertomarte sin Hilda)

Hacia mediados de los años cincuenta del siglo veinte se plantea una reflexión: si todo se puede escribir desde ese consabido punto de vista ―aventuras, romance, western…―, ¿por qué no existe una narrativa policíaca de ciencia ficción?

En el ámbito teórico, aventura una posible dificultad y la supera él mismo. Es bien sabido que la principal regla de la novela enigma es la del juego limpio: el autor no puede escatimar la información relevante al lector, en otras palabras, no puede sacarse ases de la manga a última hora para explicar el crimen. Si ambientamos nuestro policial en un futuro inventado, la dificultad estribaría en que pudiendo imaginar cualquier recurso técnico o esquema social que se quiera, el novelista podría dejar en clara desventaja al lector.

A finales de los años 40 me explicaron por fin esto. Me dijeron que, «por su misma naturaleza», la ciencia ficción no jugaría limpio con el lector. En una historia de ciencia ficción, el detective podía decir: «Pero como usted sabe, Watson, a partir de 2175, en que todos los españoles aprendieron a hablar en francés, el español ha pasado a ser una lengua muerta. ¿Cómo es, entonces, que Juan López dijo estas significativas palabras en español?»

O también podría hacer que su detective sacara un extraño aparato y dijera: «Como sabe, Watson, mi frannistán de bolsillo es perfectamente capaz de detectar cualquier joya oculta en un instante». (Introducción a Estoy en Puertomarte sin Hilda)

Evidentemente, la solución a esto sería restablecer la regla del juego limpio, que debe funcionar igual para el autor que sitúa su investigación en Marte dentro de miles de años, que para cualquier otro novelista policíaco.

Tales argumentos no me impresionaron. Me parecía que los escritores de relatos policíacos corrientes (no de la variedad de ciencia ficción) podían ser igual de desleales con sus lectores. Podían ocultar deliberadamente una pista necesaria. Podían introducir un personaje adicional, surgido de la nada. Podían, sencillamente, olvidarse de algo a lo que habían estado dando gran relieve, y no volver a mencionarlo. Podían hacer cualquier cosa.

Sin embargo, el hecho era que no lo hacían. Respetaban la regla de ser leales al lector. Podían oscurecer pistas, pero no las omitían. Las líneas esenciales de pensamiento podían insinuarse de manera casual, pero se insinuaban. Al lector se le orientaba sin remordimientos hacia una dirección equivocada, se le despistaba y se le confundía, pero no se le engañaba.

Parecía, pues, fuera de toda duda, que los mismos principios habrían de aplicarse al relato policíaco de ciencia ficción. No se hacen surgir aparatos nuevos ante el lector para resolver con ellos el enigma. No se toma ventaja de la historia futura para introducir fenómenos ad hoc. De hecho, se han de explicar cuidadosamente todas las facetas del ambiente futuro con la suficiente antelación para que el lector tenga una razonable oportunidad de ver la solución. (Introducción a Estoy en Puertomarte sin Hilda)

Él mismo recogió su propio guante. Decidió escribir un perfecto whodunit ambientado en las sociedades futuras que tan familiares le eran. En él abordaría las inquietudes que la evolución de la ciencia y la sociedad les suscitaban regularmente a los mejores de sus congéneres, sin dejar de desarrollar la investigación de un crimen siguiendo la estela del mejor policial, al que era tan aficionado. En 1954 publicó Bóvedas de acero e inventó el detective espacial Elijah Baley y a su Watson particular, el robot R. Daneel Olivaw.

A partir de entonces, con idas y venidas, exploró el camino que él mismo había abierto en otras ocasiones. El ciclo de Elijah Baley continuó con dos novelas más: El sol desnudo y Los robots del amanecer. También ensayó el misterio futurista en forma de relatos cortos, que fueron recogidos en el volumen recopilatorio Asimov Misterys (traducido en España con el sonoro nombre de uno de sus cuentos: Estoy en Puertomarte sin Hilda).

Sin embargo, no se agotaba aquí el interés de Asimov por lo policíaco. Mientras ensayaba estas afortunadas mixturas, también probó suerte en policiales contemporáneos, ambientados en el presente y ajenos a las naves espaciales y a los androides. Así, en forma de novela tenemos Asesinato en la convención y Soplo mortal. En cuanto al relato corto, entre las décadas de los setenta y ochenta dio a luz la memorable serie de los Viudos Negros.

Dedicaremos este artículo a la serie protagonizada por Elijah Baley y dejamos para posteriores entregas el resto de su producción policíaca.

LA SERIE DE LOS ROBOTS

Las tres novelas de las que nos ocuparemos en este artículo, en las que nuestro autor, fiel a su propósito, consiguió mezclar la ciencia ficción con el relato detectivesco, forman parte de lo que se conoce como la Serie de los robots.

Esta serie incluye cinco títulos. El primero es Yo, robot (1950), volumen formado por un conjunto de relatos cuyo desarrollo dará lugar a las tres siguientes novelas. Bóvedas de acero (1954), El sol desnudo (1957) y Los robots del amanecer (1983), cuyo protagonista es el detective Elijah Baley, son novelas eminentemente policiacas en las que se plantea un enigma y una investigación. En Robots e Imperio (1985), la última de la serie y ya no de carácter policial, Baley ha fallecido y el protagonismo lo detenta uno de los robots. Esta constituye a su vez el inicio de las siguientes sagas de Asimov, como el Tríptico del Imperio y el Ciclo de Trántor.

Las tres novelas policiacas describen un universo en el que los seres humanos de la Tierra, con ayuda de los robots, han colonizado otros planetas. Con el tiempo, los habitantes de los Mundos Exteriores―en su esfuerzo por evitar los errores de los terrícolas― han tomado medidas con respecto al control de la población, que se traducen en el rígido control de la natalidad y una política migratoria muy restrictiva. 

Las tres historias comienzan con un asesinato cuyas circunstancias hay que aclarar. El detective Elijah Baley, ciudadano de la Tierra, es el encargado de resolver el misterio. Sin embargo, pronto comprenderá que no se trata únicamente de castigar un delito, ni siquiera de evitar la propia descualificación, cuya sola mención haría temblar a cualquier terrícola. Lo que de verdad está en juego es el futuro del planeta y de la humanidad. 

En su aventura por la Tierra y por los mundos exteriores lo acompañará siempre un camarada espacial, el robot humanoide R. Daneel Olivaw, todo un prodigio de la ingeniería robótica. Con su ayuda, Baley conseguirá superar los prejuicios que alberga hacia los robots y hacia los seres humanos de los Mundos Exteriores. Solo entonces el detective habrá alcanzado la imparcialidad y objetividad requeridas por la investigación. Por supuesto, será un proceso complicado y lleno de obstáculos, como «la áspera y escarpada subida» que debe recorrer el prisionero liberado de la caverna que describe Platón en su famoso mito. El filósofo griego nos advierte con este símil que cuestionar las viejas creencias, enfrentarse a los miedos y abrir la mente a lo desconocido no es tarea fácil para el ser humano. Algunos serían capaces incluso de matar con tal de permanecer en su zona de confort, que no dista mucho de la ignorancia. Las historias de Elijah Baley suponen una perfecta ilustración de esta idea.

Si Asimov quería demostrar que era posible escribir un policial honesto ―que se atuviera a unas mínimas normas de cortesía para el lector― ambientado en un mundo de ciencia ficción, sin duda lo consiguió. Y no una, sino tres veces. Las historias transcurren en un futuro muy lejano en el que la tecnología ha alcanzado un nivel de desarrollo extraordinario. Cierto. Pero las reglas del juego quedan bien establecidas de antemano. Baley no recurre a ningún artilugio sorprendente que le ayude a la resolución del misterio. Al contrario. Las pruebas materiales y su análisis apenas desempeñan algún papel en la investigación. El método del detective se basa en la deducción racional. Por supuesto, como todo buen detective, Baley destaca por ser sagaz, analítico, curioso y excepcionalmente capaz de discernir lo relevante de lo accesorio. No obstante, si Sherlock Holmes hace acopio de conocimientos de geología, química y anatomía, pues le resultan de gran utilidad para el trabajo, Baley lo que necesita son lecciones de psicología y sociología humana, así como de una etnología especializada en el comportamiento de los espaciales de los distintos planetas. Para este particular detective del espacio, es tan importante saber cuáles son las circunstancias de la muerte, como conocer la cultura de los sospechosos. 

La existencia de los robots complica todavía más las cosas. En el mundo futuro ideado por Asimov, la mente positrónica del robot es completamente lógica y tiene como base las tres célebres leyes de la robótica:

1. Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Partiendo de estas premisas, el comportamiento de los robots es fácilmente predecible y relativamente manipulable. En sus conversaciones con R. Daneel Olivaw, Baley descubre que los robots también pueden enfrentarse a algo muy parecido a los dilemas morales cuando dos de las leyes mencionadas entran en conflicto. Las consecuencias de un conflicto irresoluble podrían resultar catastróficas para la mente robótica, pudiendo llegar a producir un bloqueo irreparable. No obstante, su descubrimiento más relevante es que las leyes que determinan el comportamiento de los robots actúan prácticamente igual que la programación que imprime la cultura en la mente humana. También a nosotros nos acecha el peligro de caer en la locura. Al fin y al cabo, no somos tan distintos.

Un tema omnipresente en estas tres historias de Asimov, es el de los miedos y los prejuicios de los hombres, que tienen su origen en la cultura. No obstante, en el caso del ser humano el proceso de desprogramación sí que es posible. Más aún, es deseable cuando las normas y costumbres atentan contra la salud mental o, dicho de otro modo, contra el correcto funcionamiento de la mente humana, cuyo diseño natural, el más básico y fundamental, es compartido por todos los hombres.  

BÓVEDAS DE ACERO

En Bóvedas de acero (The Caves of Steel, 1954), la historia transcurre en la Tierra. Los terrícolas viven concentrados en inmensas ciudades autosuficientes cubiertas por bóvedas de acero. Han conseguido aislarse del clima y protegerse de otros fenómenos naturales. Además, poseen un sistema de producción de energía y una organización increíblemente eficiente, capaz de mantener a veinte mil millones de personas. Sin embargo, su población no deja de crecer y el ambiente es de grisura y asfixia. La gente vive con miedo constante a la descualificación y a perder el trabajo, con la degradación social que ello supone. Además existe un extendido complejo de inferioridad frente a los habitantes de los Mundos Exteriores.

Las ciudades eran buenas. Todo el mundo salvo los medievalistas sabía que no podía haber una alternativa razonable. El único problema era que no eran estáticas. La población de la Tierra seguía aumentando. Algún día, a pesar de todo lo que podían hacer las Ciudades, las calorías disponibles por persona sencillamente quedarían por debajo del nivel básico de subsistencia. 

Para los terrícolas ser degradado supone, además de perder las comodidades y privilegios que ofrecía la pertenencia a una categoría superior, la vergüenza ante la sociedad y ante la propia familia. Ese temor los previene contra sus semejantes ―de hecho, existe entre ellos una enconada competencia―, pero especialmente contra los robots, capaces de desempeñar sin esfuerzo casi cualquier tipo de función. Los robots ―que hasta el momento desempeñaban trabajos agrícolas e industriales en el exterior― han empezado a ocupar puestos de trabajo especializados en el interior de las ciudades, sustituyendo a algunos seres humanos, que pasan a engrosar las filas de los desempleados. 

Los principales promotores de la implantación de los robots en la Tierra son los espaciales, los habitantes de los Mundos Exteriores. Para los terrícolas ellos son los responsables de la temida sustitución. Esa es la razón por la que se ha desencadenado en el planeta Tierra un movimiento reaccionario conocido como medievalista, que apuesta por el retorno a una vida más natural en la que no se necesite la intervención de los robots. Una de sus principales misiones es echar a los espaciales de la Tierra. Al margen del movimiento medievalista, la mayoría de los terrícolas no se sienten cómodos en compañía de los robots y su complejo de inferioridad frente a los espaciales les impide confiar en sus propósitos.

Los Mundos Exteriores poseen una tecnología mucho más avanzada que la Tierra, sus habitantes gozan de una salud y esperanza de vida muy superiores y viven separados, al aire libre. Para colmo, su apariencia física está en general mucho más próxima al canon de belleza de los propios terrícolas. 

Era aún peor a causa de la existencia de los espaciales, los descendientes de los primeros emigrantes de la Tierra, que vivían lujosamente en sus mundos despoblados y plagados de robots. Estaban firmemente decididos a mantener la comodidad nacida del vacío de sus mundos y a ese fin mantenían su tasa de natalidad baja y no admitían inmigrantes de la Tierra.

Es a través del Enclave Espacial, situado a las afueras de la ciudad de Nueva York, como los espaciales se comunican con los habitantes de la Tierra. Aunque los encuentros son escasos y están sometidos a estrictas medidas de seguridad, es precisamente en ese lugar donde tiene lugar el crimen que será objeto de investigación. Roj Nemmenuh Sarton, un ciudadano del planeta Aurora, ha sido asesinado mediante el disparo de un desintegrador. No se ha encontrado el arma del crimen. Por supuesto, es impensable que el responsable de su muerte haya sido un robot, pues la primera ley de la robótica, que funciona como base y timón de todo cerebro positrónico, impide que un robot pueda causar daño a cualquier ser humano. 

Los espaciales tienen su propia opinión sobre el asunto: 

Lo enlazan con los recientes intentos de sabotear el proyecto patrocinado por los espaciales de convertirnos en una sociedad integrada humano-robótica siguiendo el modelo de los Mundos Exteriores, y asumen que el asesinato fue cometido por un grupo terrorista bien organizado.

En señal de buena fe, la investigación es encomendada a un ciudadano de la Tierra, el detective Elijah Baley, cuyo supervisor, el comisario Julius Enderby, estaba de visita oficial en el Enclave Espacial en el momento de los hechos. Baley es consciente de la relevancia de su misión. La víctima era una pieza fundamental del plan trazado por los espaciales para solucionar los problemas de sobrepoblación y desabastecimiento de la Tierra. Por ello, no solamente investiga la muerte de un hombre; lo que puede estar en juego es el futuro de la Tierra. 

Baley debe atenerse a una condición: aceptar como colaborador en el caso a un compañero espacial. El verdadero problema se plantea cuando descubre que el espacial es un robot y que tiene que alojarlo en su casa. Por fortuna, se trata de un robot humaniforme, R. Daneel Olivaw, que físicamente apenas podría distinguirse de un ser humano, salvo porque no necesita dormir, comer, ni usar el aseo.  

A partir de ese momento, comienza tanto la investigación del crimen como el diálogo y el aprendizaje entre el humano y el robot. Los robots tienen una memoria prodigiosa, unos reflejos extraordinarios y son estrictamente lógicos, pero, al parecer, no razonan. Al menos, no lo hacen del mismo modo que los humanos. Es decir, son incapaces de dar el salto intuitivo que supone lanzar una hipótesis arriesgada que luego hay que comprobar. Además, las tres leyes de la robótica condicionan todos los aspectos de su pensamiento. Así que Baley tendrá que usar todo su ingenio para identificar al asesino.

La resolución del enigma, por supuesto, es racional, no depende de ningún poder extraordinario, ni de artilugios que permitan leer el pensamiento de los sospechosos o viajar al pasado. Y se sustenta sobre las bases del conocimiento de la mente humana, de las exigencias de la cultura de los hombres implicados y de la robótica.

Como en toda novela detectivesca, la atención a los detalles en apariencia más insignificantes, el análisis meticuloso de las reacciones de los sospechosos y la deducción lógica son aquí elementos indispensables. Y, como siempre que se trata de descubrir la verdad, es imprescindible que el detective posea una buena dosis de valentía. 

En Bóvedas de acero, a través de la mirada de Elijah Baley, el lector entra en contacto con un mundo tan desconocido como familiar, tan ajeno a las costumbres del pasado y del presente como afín al espíritu humano. Un auténtico enigma y una emocionante aventura que ningún aficionado debería perderse. 

EL SOL DESNUDO

El título de la segunda novela, El sol desnudo (The Nacked Sun, 1957) hace referencia a la situación a la que debe enfrentarse Elijah Baley cuando es requerido por los espaciales para solucionar un caso de asesinato en Solaria. Tendrá que superar el miedo al cielo abierto que padecen todos los habitantes de las ciudades de la Tierra. Hasta el momento ningún humano de la Tierra, salvo los que emprendieron la colonización, había pisado alguno de los Mundos Exteriores. Baley va a ser el primero y los terrícolas, por supuesto, no van a desaprovechar una oportunidad semejante para aprender y mejorar su posición. El Ministerio de Justicia encarga al detective un informe sobre el modo de vida de los espaciales. Conocen sus fortalezas: su escasa población, su longevidad, la plena integración en sus vidas de los robots. Sin embargo, desconocen cuáles son sus debilidades. Se hallan, por tanto, en clara desventaja y, de continuar así, la Tierra está abocada a la rebelión y, finalmente, a la aniquilación.

Con gran satisfacción, Baley descubre que también lo acompañará en esta operación su antiguo compañero R. Daneel Olivaw. El ingeniero fetal Rikaine Delmarre ha sido asesinado. De nuevo, los solarianos tienen su propia opinión sobre el crimen. Solo hay un sospechoso y cualquier otra idea resulta impensable para ellos. Si han solicitado una investigación, ello se debe únicamente a que no se ha encontrado el arma del crimen. Y si se ha recurrido a la Tierra es, en primer lugar, porque en Solaria no hay policía y, en segundo, debido a la recomendación del doctor Han Fastolfe, ciudadano de Aurora. Este conoció a Baley durante su misión anterior en la Tierra y había quedado muy satisfecho con su trabajo. 

Solaria es un planeta peculiar entre los cincuenta Mundos Exteriores. Sus habitantes han limitado la población a un máximo de 20.000 seres humanos. La fabricación de robots positrónicos es una reconocida especialidad de los solarianos y cada uno de ellos tiene a su servicio una media de 10.000. Puesto que realizan todo el trabajo, los solarianos pueden dedicarse al disfrute del arte y de la cultura. En Solaria no existen clases sociales.

El problema es que su evolución cultural los ha llevado a vivir solos y aislados unos de otros en sus vastos terrenos. La comunicación con sus congéneres se produce casi exclusivamente por medios electrónicos (audio e imágenes tridimensionales). En consecuencia, los solarianos han desarrollado un pavor extremo al contacto directo entre personas. La sola idea de respirar el aire que ha pasado por los pulmones de otro humano les resulta escatológica.

Le ruego que me perdone, señor Baley, pero en presencia de otro ser humano me domina la desagradable sensación de que algo viscoso puede tocarme. Esto hace que me encoja amedrentado. Es una sensación muy penosa.

Del mismo modo, las relaciones sexuales son casi inexistentes en Solaria y los matrimonios se pactan con la finalidad exclusiva de la procreación, que también está regulada por el Estado.

Es especialmente ilustrativo al respecto el personaje de Gladia.  Se trata de la mujer de la víctima, una solariana afectuosa e impulsiva, víctima del individualismo exacerbado y de la estricta moral de su sociedad que ella ha acabado por interiorizar. Su interacción con Baley sirve para resaltar el contraste, que algunos pasajes adquiere matices cómicos, entre la actitud de los solarianos, a los que repugna incluso ver a otros seres humanos, y la de los terrícolas, incapaces de soportar estar al aire libre.

Una de las cuestiones que se discute es la ineptitud de la mente robótica, atenazada por las dos primeras leyes, para la crianza y educación de los niños. Diseñados para evitar a toda costa el sufrimiento a los humanos, los robots son incapaces de aplicar castigos. Si se dejara en manos de los robots esa complicada tarea, todos los caprichos y demandas de los niños serían inmediatamente atendidas y no se les prepararía para realizar esfuerzo o sacrificio alguno. Las generaciones futuras estarían perdidas.

Trató de concentrarse en su plan de ataque. Ante todo, enterarse de las costumbres del planeta. Esbozar el cuadro general de su vida y colocar a cada cual en dicho cuadro de manera lógica y coherente. ¡Tenía que ver a un sociólogo!

Estos y otros conocimientos semejantes servirán a Baley para mover los resortes adecuados en las mentes de los solarianos, inducirles a que obren de un modo determinado y resolver así el asesinato. Se aprovechará de las debilidades de los solarianos, el arraigo de sus costumbres y su miedo insuperable al cambio para atrapar al culpable. Descubrirá también la existencia de motivaciones ocultas y conspiraciones secretas. Una vez más, la deducción racional, su paulatino desapego de los prejuicios y el apego de los solarianos a los suyos será la clave de su éxito.

La explicación e interpretación que nos ofrece de los hechos deslumbrará a los solarianos implicados, que se ven obligados a visualizarla simultáneamente a través de sus modernas cámaras, provocando en ellos las reacciones más insospechadas. Por lo que respecta a la actuación final, Elijah Baley recuerda a Hércules Poirot. El detective de Agatha Christie, muy admirado por Asimov, tras realizar una serie de observaciones y las comprobaciones pertinentes, solía reunir a los sospechosos para emitir el último discurso y el veredicto final. Tanto en las novelas de la autora inglesa como en este policial futurista, la auténtica sorpresa, por supuesto, la experimenta el lector.

El principal tema de fondo vuelve a ser el miedo a lo desconocido y las consecuencias desastrosas de no enfrentarse a él. Si los habitantes de la Tierra continúan confinados en las ciudades y no salen al mundo exterior, acabarán por desaparecer. Por otro lado, una sociedad como la de Solaria, en la que no existe cooperación y cuyos individuos apenas interactúan entre sí, está incapacitada para innovar e inevitablemente abocada al estancamiento. Es, en cierto sentido, lo que Popper describe en su obra más conocida como una sociedad cerrada, incapacitada, por los principios que la rigen, para la novedad, el progreso y el cambio. De hecho, la sociedad de Solaria se parece en varios aspectos al Estado ideal diseñado por Platón.

Después de su viaje, Baley descubre que es un hombre nuevo. El camino ha sido duro y estaba lleno de obstáculos y resistencias que ha tenido que vencer. Sin embargo, igual que en el mito de la caverna, el prisionero liberado ya no desea regresar a su antigua vivienda. La experiencia lo ha transformado y no puede volver a la oscuridad. Solo tendría sentido si se propusiera una misión personal: iluminar a la Tierra con la verdad y liberar a sus habitantes, que siguen prisioneros de sí mismos.

Baley había abandonado la Ciudad y ya no podía entrar de nuevo en ella. La ciudad ya no era suya; era un extraño en las bóvedas de acero. Así tenía que suceder y así sería para sus semejantes. Entonces la Tierra nacería de nuevo y saldría al exterior.

Estamos ante una novela ingeniosa, inteligente, original y profunda, en la que el autor reflexiona sobre multitud de materias de suma importancia para el ser humano, destacando la cuestión de los requisitos que debe cumplir una sociedad para que sea perdurable.

LOS ROBOTS DEL AMANECER

The Robots of Dawn, publicada en 1983, es el título original de la tercera novela de la serie, publicada veintiséis años después de la entrega anterior.

El tiempo ha pasado también por el singular detective espacial. Nos encontramos a un Baley mayor, maduro, que ha conseguido el reconocimiento que se merece tras sus pasados logros y ha recibido su ansiado ascenso. Además, se ha hecho famoso debido a un programa de hiperhondas sobre sus proezas emitido en toda la galaxia.

Ahora se prepara, junto a un grupo de terrícolas entre los que figura su propio hijo, para salir al mundo exterior. 

En esta ocasión, el Ministerio de Justicia encomienda al detective una misión imposible. Se trata de viajar a Aurora para exonerar al doctor Fastolfe, el mayor experto en robótica de la galaxia, de la acusación de haber provocado el bloqueo mental de Jander Panell, uno de sus robots humaniformes. El doctor Fastolfe, al que ya conocemos de las novelas anteriores, adquiere aquí mayor protagonismo.

Sin embargo, la situación es tan complicada que hace casi imposible que cualquier otra persona haya sido responsable de este hecho. En efecto, Fastolfe tuvo la oportunidad de manipular al robot. En esto coincide con muchos otros individuos, pues el crimen pudo haberse cometido a distancia. Además, el experto en robótica podría tener un motivo de peso para cometer el crimen. En ese sentido, tampoco constituye una excepción. Sin embargo, hay algo que lo distingue del resto. Él es el único ser humano con el conocimiento requerido para provocar un bloqueo mental en un robot humaniforme. El único capacitado para ello. Ante este panorama, una vez eliminado lo imposible, parece que solo queda la esperanza de conseguir demostrar lo más improbable: que el robot Jander Panell sufrió un bloqueo espontáneo; que su defunción fue un accidente producto del azar.

Una vez más, la misión de Baley tiene repercusiones a nivel galáctico. Aurora es el planeta más poderoso e influyente de los Mundos Exteriores y Fastolfe constituye la principal fuerza política del planeta. Si no consigue demostrar su inocencia, sus enemigos políticos lo derribarán y perderá toda su influencia. Entre los planes de Fastolfe está el de dotar a la Tierra de la tecnología y herramientas necesarias para salir al mundo exterior y colonizar nuevos planetas. Sin embargo, sus enemigos opinan que ese plan es siniestro, pues los terrícolas acabarían reproduciendo las costumbres adquiridas en la Tierra, con sus colmenas y sus problemas de superpoblación. Son partidarios, por tanto, de que la colonización la lleven a cabo los robots humaniformes. Pero Fastolfe es el único que sabe fabricarlos y no está dispuesto a compartir sus conocimientos sin garantías. Lo que le preocupa es el uso que se vaya a hacer de esos robots.

La misión de Baley es de vital importancia. Si fracasa, los habitantes de la Tierra perecerán entre los muros que se han construido. El problema es que la situación es sumamente complicada. En Aurora, el único que lo respalda en sus pesquisas es el mismo doctor Fastolfe, pero Baley resulta molesto e insolente a los demás ciudadanos, que sobrevaloran el papel de los buenos modales y de las normas de cortesía―desconocidas para el terrícola― y tienen una opinión excesivamente elevada de ellos mismos.

En poco más de dos días, Baley contempla todas las posibilidades, pero ello no es suficiente. Necesita atrapar una idea que ha llegado a intuir, pero que, por alguna razón, no logra atraer a la conciencia. De nuevo, la clave estará en la combinación de dos actitudes aparentemente opuestas: por un lado, la amplitud de miras y, por otro, el análisis meticuloso y pormenorizado de cada palabra, gesto o acción de quienes lo rodean. En ocasiones, la reflexión sobre el significado de un término revela información sobre la mente de sus usuarios.

―Y ahora eres tan prisionero como yo, ¿verdad Daneel?

―Soy prisionero ―dijo Daneel gravemente― en el sentido de que no puedo abandonar esta habitación, compañero Elijah.

―¿En qué sentido se es prisionero?

―En el sentido de que la persona tan limitada en sus movimientos se revele contra esa limitación. Un verdadero encarcelamiento tiene la implicación de ser involuntario. Yo comprendo plenamente el motivo para estar aquí y convengo en la necesidad.

La novela está plagada de discusiones intelectuales y sutiles argumentos. También hay acción, incluso peligro, y resultan convincentes. De hecho, por su belleza y su impacto visual, algún episodio es incluso digno de la gran pantalla. Sin embargo, lo más emocionante son los progresos de la investigación. Las indagaciones del detective, que ahora se beneficia de la compañía y la protección de dos robots, lo llevarán a aprender mucho más sobre el cerebro positrónico, incluso a explorar las similitudes y diferencias con respecto al humano.

Baley pensó abstraídamente: «Eso es consecuencia de la primera ley. Sin duda, ha sufrido tanto a su manera como yo he sufrido a la mía cuando he desfallecido sin que él lo previera a tiempo. Un desequilibrio de potenciales positrónicos puede no significar nada para mí, pero puede producir en él el mismo malestar y la misma reacción que un dolor agudo en mí. No puedo saber lo que hay dentro de la pseudopiel y la pseudoconciencia de un robot, igual que Danieel no puede saber lo que hay dentro de mí».

¿Hasta qué punto las normas morales fundamentales se parecen a las tres leyes de la robótica? ¿Son capaces los robots de dar el salto intuitivo que requiere la novedad o la creación? ¿Y de comprender realmente el funcionamiento no siempre lógico de la mente humana? ¿En qué consiste la libertad? En el libro se plantean magistralmente estas cuestiones y sus posibles consecuencias.

―¿Sabes lo que significa «deber»?

―Lo que ha de hacerse, señor ―respondió Giskard.

―Tu deber es obedecer las leyes de la Robótica. Y los seres humanos también tienen leyes, como tu amo, el doctor Fastolfe, estaba diciendo ahora mismo, que han de obedecerse. Yo he de hacer lo que me han encomendado. Es importante.

―Señor, yo no puedo desobedecer las leyes, ¿puede usted desobedecer las suyas?

Con respecto a la investigación principal, el detective llega más lejos de lo que parecería posible llegar. El descubrimiento de Baley no requiere solo de una gran inteligencia, sino también y sobre todo de humildad, desapego de las costumbres, libertad y una capacidad de pensamiento crítico mucho mayor de lo habitual. Al final del relato nos depara un estremecimiento cuya causa no es lícito revelar aquí.

El sol desnudo sobrepasa magistralmente los límites del género policial. La audacia e inteligencia de sus diálogos y de sus reflexiones filosóficas nos acompañan durante mucho tiempo tras terminar su lectura. Se trata de la culminación de un proceso creativo ―desarrollado a través de los tres volúmenes de las aventuras de Elijah Baley―  con el que Asimov abrió el camino hacia un terreno nuevo y sugestivo cuyas posibilidades aún están por explorar.

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