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Veneno mortal
Dorothy L. Sayers
Por Calabuig y Navarro Publicado en Reseñas en 17 noviembre 2020 0 Comentarios 13 min lectura
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Si hubiera descubierto el secreto de tener solo una esposa o una amante, unos cuantos amigos y muchos camaradas, quizá hubiese encontrado la vida algo más agradable. Si destruimos el amor y la amistad, ¿qué queda en el mundo que merezca la pena?

David Hume, “De la poligamia y los divorcios”

En Veneno mortal (Strong Poison, 1930), el aristócrata y detective aficionado Peter Wimsey se enfrenta a un caso de muerte por envenenamiento que parece casi cerrado. La acusada, Harriet Vane, una famosa novelista experta en venenos, está a punto de ser condenada por asesinar a Philip Boyes, un prestigioso escritor con el que había mantenido una relación amorosa. Durante el proceso, lord Peter queda prendado de la acusada y absolutamente convencido de su inocencia. A partir de ese momento, colaborará con la defensa. Dispone de unas pocas semanas para demostrar que es inocente y recurrirá a todos sus contactos para conseguirlo.

Dorothy L. Sayers nos ofrece en esta ocasión ―la quinta entrega de las aventuras de Wimsey― un portentoso arranque in medias res, comenzando el relato con las conclusiones del juicio contra Harriet. Se trata de un recurso brillante, mediante el cual conocemos de forma ordenada todos los detalles del caso desde las primeras páginas. Sin escatimar crudeza ni veracidad ni detallismo.

Avisaron a la enfermera el veintiuno de junio, y durante ese día los médicos visitaron al paciente tres veces. Su estado fue agravándose por momentos. Sufría diarrea y vómitos continuos y no podía retener alimento ni medicamento alguno. Al día siguiente, el veintidós, empeoró: grandes dolores, pulso debilitado y la piel alrededor de la boca seca y agrietada. Los médicos le prodigaron todo tipo de cuidados, pero no pudieron hacer nada por él. Avisaron a su padre, y cuando llegó encontró a su hijo consciente, pero incapaz de levantarse. Sí era capaz de hablar, y en presencia de su padre y de la enfermera Williams, dijo lo siguiente: «Me voy, papá, y me alegro de que acabe todo esto. Harriet se va a librar de mí… No sabía que me odiara tanto». Son unas frases sorprendentes, y se nos han ofrecido dos interpretaciones muy distintas.

La novela desarrolla una versión muy peculiar del tema de la doncella en apuros. Harriet Vane es una mujer valiente, libre y fuerte, que desprecia la moral convencional y vive de acuerdo con dicho desprecio. No lleva una vida respetable. Acepta el concubinato con su pareja y rechaza casarse con él cuando finalmente se lo propone. Trasunto de la propia autora, miss Vane reaparecerá en otras ocasiones en la obra de Sayers: Un cadáver para Harriet Vane (Have his Carcase, 1932), Los secretos de Oxford (Gaudy Nights, 1935) y Luna de miel (Busman´s Honeymoon, 1937).

El personaje de la escritora supuso, desde luego, un gran hallazgo. Su función es doble: por un lado, humaniza al frívolo Wimsey, dotando de mayor profundidad psicológica a sus aventuras; por otro, nos muestra los esfuerzos de un ser libre e inteligente por subsistir en un medio brutalmente represivo. Una sociedad que exige un sinfín de renuncias a toda mujer brillante. Harriet no está dispuesta a ceder. Esto supondría, de algún modo, dejar de ser ella misma.

Sus encuentros con el detective entre las paredes de la prisión son verdaderos duelos dialécticos rebosantes de inteligencia, humor y melancolía:

–No… Maldita sea, me da la impresión de que hoy digo todo lo que no tendría que decir. Aquel primer día en los tribunales me quedé atónito, y fui corriendo a ver a mi mater, que es un cielo y comprende de verdad las cosas, y le dije: «¡Mira! Es la mujer por antonomasia, la única, y la están poniendo en una situación espantosa, y por Dios, ¡ayúdame!». No se puede imaginar lo horrible que fue.

–Parece odioso, sí. Lamento haber sido tan cruel, pero, a propósito, supongo que tendrá en cuenta que he tenido un amante, ¿no?

–Sí, claro. Yo también, si a eso vamos. Bueno, he tenido varias. Es una de esas cosas que le puede pasar a cualquiera. Puedo presentar varias cartas de recomendación. Me han dicho que hago el amor bastante bien, pero es que en estos momentos me encuentro en desventaja. No puede uno resultar muy convincente al otro extremo de una mesa y con un tipo mirando desde la puerta.

–Confío en su palabra, pero «por seductor que resulte deambular en libertad por un jardín de brillantes imágenes, ¿no estaremos distrayendo tu mente de otro asunto de casi igual importancia?». Parece probable…

–Si es capaz de citar Kai Lung, no me cabe duda de que nos llevaremos bien.

–Lo más probable es que yo no sobreviva para hacer el experimento.

Nuestro lord detective dista mucho también de ser un caballero andante. Peter Wimsey es más bien el amigo que toda mujer quisiera tener. Tanto es así, que se yergue en benefactor no solo de Harriet sino de todo el género femenino. Organiza una empresa de mecanógrafas y secretarias para proporcionar colocación a mujeres que, a la vez, le sirve como red de espionaje. Es lo que él mismo llama «la residencia felina» y en su presentación vemos la voluntad de la autora de retratar la situación de las mujeres independientes, los abusos a los que se veían sometidas y los esfuerzos que empezaban a acometer por organizarse:

El local era teóricamente una agencia de mecanografía, y de hecho, había tres eficaces mecanógrafas que, de vez en cuando, realizaban un trabajo excelente para escritores y hombres de ciencia. Al parecer, el negocio era próspero, porque con frecuencia tenían que rechazar encargos debido a que el personal estaba trabajando a toda máquina. Pero en otras plantas del edificio se desarrollaban otras actividades. Solo trabajaban mujeres, la mayoría ya de cierta edad, pero había algunas aún jóvenes y atractivas, y, si se hubiera consultado el registro de la caja fuerte, se habría descubierto que todas ellas estaban clasificadas en el grupo despiadadamente conocido como «clases pasivas».

Había solteras con pequeñas pensiones, o sin ninguna clase de ingresos; viudas sin familia; mujeres abandonadas por maridos peripatéticos que vivían de una reducida pensión alimentaria y que antes de haber sido contratadas por la señorita Climpson no tenían otros recursos que el bridge y el cotilleo de las casas de huéspedes. Había maestras jubiladas y decepcionadas; actrices sin trabajo; personas emprendedoras que habían fracasado con sombrererías y salones de té, e incluso un puñado de jovencitas prometedoras pero hartas de fiestas y clubes nocturnos.

Daba la impresión de que aquellas mujeres dedicaban la mayor parte del tiempo a contestar anuncios. Caballeros solteros que deseaban conocer a damas dotadas de ciertos atributos con vistas al matrimonio; sexagenarios vivarachos que necesitaban un ama de llaves para apartadas zonas rurales; caballeros de ingenio con planes financieros a la caza y captura de capital; caballeros literatos deseosos de colaboración femenina; caballeros convincentes dispuestos a contratar jóvenes talentos para producciones teatrales en provincias; caballeros benévolos que podían decir a la gente cómo ganar dinero en su tiempo libre: esa clase de caballeros era la más propensa a recibir solicitudes de trabajo del personal que dirigía la señorita Climpson. Podría haber sido pura coincidencia que tales caballeros tuvieran que aparecer con cierta frecuencia ante los magistrados por cargos de fraude, chantaje o intento de proxenetismo, pero el hecho es que la oficina de la señorita Climpson contaba con una línea telefónica directa con Scotland Yard y que pocas señoras que trabajaban allí estaban tan desprotegidas como parecían.

Nos hallamos ante un Wimsey dinámico y optimista. Nada de deslumbrantes deducciones en esta ocasión. Un detective mundano, cuya principal herramienta es su desenvoltura en cualquier medio social: «una de esas personas inalterables, autosuficientes e incapaces de concebir que estén fuera de lugar en ningún entorno». Llama a todas las puertas y mueve todos los hilos sin perder su buen humor.

–¿Te sientes en tu momento más radiante y más fascinante? ¿Acaso se refleja un lirio más brillante, pese al tiempo invernal, en el bruñido Bunter? ¿Estás poseído de ese sentimiento de conquista? ¿Del toque de Don Juan, por así decirlo? Manteniendo en equilibrio la bandeja del desayuno, Bunter carraspeó con desagrado. –Si se me permite decirlo, tienes buena planta, incluso impresionante, y cuando no estás de servicio, eres un mujeriego atrevido y de palabra fácil y estoy convencido de que tienes tu encanto –añadió Wimsey–. Entonces, Bunter, ¿qué más podría desear una cocinera o una doncella?

En su particular calvario a la búsqueda de exonerar a su amada, Wimsey transita por las diferentes facetas de la amalgama social: desde las cocinas a la alta aristocracia pasando por despachos de hombres de negocios y salones de té de solteronas provincianas. Los diálogos, ingeniosos y mordaces, herederos de Swift, Wilde y Wodehouse, nos ofrecen la posibilidad de una admirable polifonía.

―Tenemos que estar sumamente agradecidos a la prensa –dijo la duquesa viuda–. Es un gran detalle por su parte desbrozárnoslo todo para evitarnos el trabajo de leer los libros, ¿verdad?, y una auténtica alegría para los pobrecillos que no pueden gastarse siete peniques, o ni siquiera sacarse la tarjeta de una biblioteca. Bueno, supongo, aunque estoy segura de que sale bastante barato si lees deprisa. No es por lo barato, porque le he preguntado a mi doncella, una muchacha extraordinaria empeñada en cultivar su espíritu, mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de mis amigos, pero sin duda se debe a la educación gratuita del pueblo y en el fondo sospecho que vota a los laboristas, aunque yo nunca pregunto porque no me parece bien, y además, si lo hiciera, no tendría por qué importarme, ¿no?

La inmersión del cínico aristócrata en el mundillo artístico de disparatados músicos atonales y buhardillas vanguardistas no tiene desperdicio.

–¡Así se habla! –exclamó Wimsey–. Yo prescindiría de todas las notas definidas. Al fin y al cabo, al gato no le hacen falta para sus melodías nocturnas, con lo potentes y expresivas que son. La sed amorosa del semental no tiene en cuenta ni la octava ni el intervalo al emitir el bramido de pasión. Es únicamente el hombre, atrapado en las redes de una convención embrutecedora que…

En ocasiones el foco narrativo se dispersa y abandonamos el periplo de Wimsey para seguir los pasos de algunos de sus ayudantes, como el inefable mayordomo Bunter ―un donjuán lacónico y versátil―, la señora Climpson ―solterona de férreos principios y estafadora ocasional― y la señorita Murchison ―mecanógrafa, espía y aprendiz de ratera. En los últimos capítulos, el protagonismo se inclina hacia estas dos últimas, sobre las que recae lo crucial de la investigación. Sus aventuras son emocionantes, audaces e imaginativas. Se trata de mujeres con infinidad de recursos y coraje, a las que no les importa saltarse las normas. Más bien les divierte. Les da un respiro de la asfixia a las que las someten las convenciones de la época. El conjunto ofrece un jugoso retrato del mundo femenino de la época.

Sorprende la audacia técnica de Sayers no solo por el mencionado recurso a la polifonía o a la multifocalidad. Llega incluso a ensayar con el monólogo interior, con el intento de plasmar lo que se ha dado en llamar la «corriente de la conciencia». Esta variedad de técnicas, que ensancha los límites del policial clásico, llegará a su máxima expresión en Los secretos de Oxford, hasta el punto de relegar a un segundo término la trama detectivesca para poner en primer plano la zozobra psicológica de los personajes. En Veneno mortal podemos ya darnos un paseo por los entresijos mentales de Wimsey, cuyo cinismo jovial se halla por primera vez desconcertado a causa del amor:

Creo que lo voy a conseguir… Está dolida, claro, y no me extraña, después de ese bruto asqueroso… pero no siente repulsión… no soportaría resultar repulsivo… Tiene la piel como la miel… debería vestir de rojo oscuro… granate, y llevar un montón de anillos, muy antiguos… Podría alquilar una casa, claro… Pobre chiquilla, haré todo lo posible para compensarla, claro que sí… Encima, tiene sentido del humor, y cabeza… desde luego, no voy a aburrirme… Despertarme y tener por delante un día lleno de cosas estupendas… y después volver a casa y meterme en la cama… eso también será estupendo… y mientras ella escribe, yo podría salir a lo mío, y así no nos aburriríamos ninguno de los dos… No sé yo si Bunter estaba en lo cierto con este traje… siempre me ha parecido un poco oscuro, ahora, eso sí, tiene buena caída…

Dorothy L. Sayers traspasó con esta obra las fronteras de la novela policíaca. Veneno mortal es algo más que un rompecabezas criminal. Es un fresco social y una ácida crítica. También supone una inmersión en la complejidad moral e intelectual de unos personajes tan desorientados como atrevidos.

Se trata también, por supuesto, de una novela divertidísima.

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