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La partitura misteriosa
George A. Birmingham
Por Manuel Navarro Villanueva Publicado en Reseñas en 30 noviembre 2020 0 Comentarios 7 min lectura
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La gente teme el ingenio del satírico; él, sus recuerdos.

Sir Francis Bacon, Ensayos

La partitura misteriosa (The Hymn Tune Mystery, 1930) es un curioso policial. Su autor, George A. Birmingham (1865-1950), fue un prolífico reverendo irlandés que escribió algunas novelas de misterio dignas de ser rescatadas del olvido. La editorial Espuela de Plata ha recuperado esta para el castellano, lo cual le agradecemos con énfasis.

La novela que nos ocupa es, como adelantábamos, inusual en mucho aspectos. En primer lugar, porque es un policial en el que el asesinato ocupa un lugar secundario en la investigación. También es un bibliomystery [1], pero no uno ordinario. En esta ocasión, el peso de la trama no recae sobre un libro, sino sobre una partitura. Además, es una pieza costumbrista. Y una sátira. Cada una de estas caras del poliedro brilla con luz propia y el lector duda respecto a cuál de ellas es la que se impone a las demás, si es que tal preponderancia ocurre en algún momento.

La novela gira alrededor de la pequeña población de Carminster y de su catedral anglicana. Los ingleses brillantes de la era eduardiana solían tratar con deliciosa ironía la resistencia de sus compatriotas al progreso y al cambio. La partitura misteriosa es un brillante ejemplo de ello. La de Carminster es una catedral embalsamada en las mismas rutinas desde hace cientos de años. Símbolo de lo mejor y de lo peor de la forma de vida tradicional británica, pervive como un animal antediluviano conservado en ámbar. Igual de bello y de absurdo.

De entre todas las pequeñas catedrales de Inglaterra, ninguna más hermosa que la de Carminster y, seguramente, ninguna más silenciosa. Durante varios siglos, en realidad desde los días del obispo Feda, que floreció durante el Renacimiento, Carminster había carecido de historia. La Reforma y los cambios introducidos en la Iglesia durante el reinado de Isabel pasaron de largo sobre Carminster, y apenas si alteraron la placidez de su existencia. La Guerra Civil tampoco la afectó.

El elenco de personajes que pululan por la inmóvil basílica es de lo más variopinto y divertido. Estos son:

Un deán anciano, pusilánime y pícaro, que disfruta traduciendo del latín canciones tabernarias medievales.

Una solterona ―hija del deán― mojigata y mandona, apóstol de la eficiencia.

Un organista talentoso con una excesiva afición a la bebida.

Un arcediano hipócrita, puritano y codicioso.

Un exmiembro de Scotland Yard, militante anticlerical.

Una alegre muchacha.

Un embaucador de los bajos fondos, elegante y cautivador.

Y, como una formidable sombra benéfica que planea sobre todos ellos, el obispo Feda ―muerto cuatrocientos años antes―, quien en el siglo XV le había dedicado versos inapropiados a una tal Chloe, de la que solo sabemos que era pelirroja y díscola, pero de buen corazón.

Una vez trazadas las líneas generales del contexto, acto seguido se da paso al misterio.

Mr. Cresswood, el organista, una insospechada noche, aparece muerto. El dictamen aceptado por todos es el de que ha fallecido accidentalmente, al desmayarse mientras tocaba. El asunto se complica cuando una serie de extraños personajes alteran el bienestar secular de la comunidad de Carminster a la búsqueda de la partitura de un Te Deum que supuestamente habría compuesto el organista antes de morir.

George A. Birmingham

El problema que hay que solucionar, por tanto, es doble: una muerte y una desaparición. Demasiado para la policía provinciana de la población catedralicia. Sin embargo, no todo está perdido. Entre los bostezos centenarios de Carminster se halla por casualidad una mente despierta: el reverendo John Dennis, un alegre preceptor irlandés ―uno de los canónigos menores de la catedral―, encargado de la formación musical de los niños del pueblo.

Dennis es un hombre insólito, al que adornan todas esas cualidades tan excepcionales que solo se pueden encontrar en el hombre más vulgar. Es ingenioso, persuasivo, sibilino y tenaz. Sabe leer a la perfección en el corazón de la gente y, contemplándolo actuar, nos tememos que esa cualidad provenga menos de los hábitos piadosos que de un pasado conflictivo. Esta impresión se acentúa al ver la desenvoltura con que se maneja en los asuntos más mundanos:

Un pequeño Morris biplaza inspira confianza en un párroco ―explicó Dennis―. Estas cosas deben hacerse con cuidado y crear una atmósfera adecuada desde el comienzo. Si tuviera que negociar para recaudar dinero para una mina de oro en la Conchinchina, debería contratar un Rolls Royce y un chófer digno. La idea sería sugerir una opulencia antigua y sólida, y una sensación general de solvencia. Si me estuviera acercando al dueño de un teatro con miras a que él produjera una obra mía, debería presentarme en un Bently de ocho cilindros sobrealimentado, lo conduciría yo mismo y, si fuera posible, atropellaría a un niño justo a la entrada de su casa. El temperamento artístico financieramente exitoso sería la idea allí. Si quisiera alquilar una casa amueblada en un vecindario selecto sin pagar el alquiler de medio año por adelantado, debería tener una berlina Humber bastante buena, de unos veinte caballos de fuerza, con un chófer anciano, con cierto desorden en el cuello, al genuino estilo de un viejo sirviente familiar. Eso significaría una respetabilidad sólida, una fortuna privada moderada, y nada de presunción innecesaria.

La energía del preceptor y su carácter rebelde lo alejan a años luz del religioso-detective por excelencia, su angelical coetáneo, el padre Brown.

Frente a los reparos del comisario local, oímos clamar al indomable canónigo en los siguientes términos:

Y no me venga con historias sobre agravar un delito grave y ser sujeto a penas severas. (…) Soy irlandés y ese tipo de historias me parecen una filfa. Teniendo en cuenta las ridículas leyes que tenemos ahora, y la enorme cantidad que salen nuevas todos los días, me inclinaría a decir que es deber de todo buen ciudadano atollar la aplicación de la ley en todo lo que se pueda, y poner tantos obstáculos como sea posible en el camino de la policía.

El choque de semejante carácter con el tradicionalismo que lo rodea no puede ser más jocoso. Dennis será el responsable de desentrañar este peculiar misterio en el que se mezclan el solfeo, el humor y los criptogramas.

Pero la belleza de esta novela no termina ahí. Siguiendo el hilo conductor del enigma policíaco, se despliega ante nuestros ojos el retrato de un pequeño retazo de la realidad. Lo que Ortega pocos años antes había bautizado como «los primores de lo vulgar». La crítica social, si es sutil, halaga a los ingenios más agudos. Y más aún cuando el espíritu satírico no se impone sobre la mirada afectuosa hacia la realidad que se retrata. Birmingham, así, se hace heredero de una tradición humorística ―que es severa y al mismo tiempo compasiva― que entronca con Menandro, con Galdós y con el mejor Bernard Shaw.

Ante La partitura misteriosa, el lector puede dudar. ¿El principal propósito de esta novela es recrear un ambiente o trazar un misterio? En cualquier caso, ambas empresas se llevan a cabo con éxito casi sin darnos cuenta.

Hay obras literarias que aciertan en un objetivo que se encuentra mucho más allá de lo que prometía su intención inicial. Esta es una de ellas. No se pierdan esta olvidada joya del policial clásico.


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