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Enigma para locos
Patrick Quentin
Por Manuel Navarro Villanueva Publicado en Reseñas en 8 febrero 2021 0 Comentarios 6 min lectura
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Pero ¿realmente habrán estado locos todos ellos y fueron restablecidos por mí, o lo que pareció cura no fue más que el descubrimiento del perfecto desequilibrio del cerebro?

Machado de Assis, El alienista

Patrick Quentin ―seudónimo bajo el que firmaban Hugh Wheeler y Richard Webb― supieron darles siempre a sus novelas el aire de una pesadilla. Enigma para locos (A Puzzle for Fools, 1936) no es una excepción.

Voces en la noche, un sanatorio mental con largos pasillos desiertos…

Como sabe cualquier aficionado a las tinieblas literarias, la sensación de truculencia se acentúa por el uso de la primera persona. En este caso, la voz que nos ofrece la historia es la de un personaje particularmente atormentado e inseguro: Peter Duluth, un empresario teatral internado voluntariamente en un sanatorio mental con el objeto de rehabilitarse de un alcoholismo que ha estado a punto de costarle la vida.

A su alrededor, la clínica y sus ocupantes se ven envueltos por un misterio asfixiante. Los internos experimentan sucesos inexplicables. Mensajes ominosos y hallazgos insólitos los llevan a dudar de su propia cordura. Los signos apuntan hacia una muerte violenta y atroz que no tarda en producirse.

El elenco de secundarios está construido de forma magistral. Un sanatorio mental es un pequeño microcosmos. Un narcoléptico, un monomaníaco de las finanzas, un joven poeta que oye voces, una solterona cleptómana, dos enfermeros rivales, historias de celos, una enfermera estirada y otra angelical… Ninguno puede salir de allí y hay un asesino perturbado entre ellos. Se trata de una formulación original de misterio de grupo encerrado.

Dicho sea de paso, Mrs. Fogarty, la enfermera nocturna, era tan fea como Mrs. Brush guapa, lo que posiblemente se había dispuesto en base a la teoría de que los enfermos mentales necesitábamos estimulantes de día y calmantes de noche.

Por encima de todos planea la figura pontificial del doctor Lenz como un dios imperturbable y benigno. El dueño del sanatorio se nos aparece como una especie de demiurgo que irradia a su alrededor un aura sosegante, un extraño campo magnético.

En su propio sanatorio, el doctor Lenz era como un dios. Se le veía muy rara vez, y sólo rodeado de mucha prosopopeya. Ésta era una visita fuera de protocolo y no obstante quedé muy impresionado. Tenía algo de indestructiblemente divino aquel hombre grande, de barba arrogante y serenos ojos grises.

Como empresario casi famoso, había conocido a la mayor parte de las personalidades contemporáneas. El doctor Lenz era uno de los pocos que salía airoso de un examen de cerca. Era reservado, pero irradiaba vitalidad. Contenía suficiente electricidad para hacer funcionar el subterráneo de Nueva York.

El estilo de la novela es cortante, frío, acorde con el ambiente extraño, maligno y enfermizo del sanatorio:

Nos dirigimos a la clínica, siempre reluciente, impecablemente limpia, con sus armaritos blancos y sus mesas recubiertas de cristal. Hay algo en el ambiente de una clínica que siempre me cohíbe. El olor a desinfectante, los bisturíes resplandecientes dentro de sus vitrinas, los rollos de vendas le recuerdan a uno demasiado clara y desagradablemente el viaje final que inevitablemente habrá que hacer.

Como adelantábamos, el misterio acerca del asesinato se ve contaminado por sospechas acerca del estado mental de los involucrados. ¿Los hechos relatados por los testigos ocurrieron en realidad o son solo fruto de los desvaríos de un grupo de lunáticos? El narrador duda de su propia cordura. Las dificultades habituales para distinguir lo real de lo aparente se agudizan en esta historia por el hecho de que no existen criterios completamente fiables. La duda radical cartesiana, por la que debería comenzar todo esfuerzo teórico por encontrar la verdad, se traslada aquí al ámbito práctico, convirtiéndose en psicológica y real. ¿Son reales las voces que escuchan Duluth y los otros internos? ¿Es cierto todo lo que está ocurriendo? ¿O se debe a la mano de algún tipo de genio maligno que embauca las mentes y hace aparecer como verdadero lo que no son sino quimeras? La sensación de inseguridad personal y el miedo al descubrimiento de la propia insania planea como una posibilidad sobre la mente de los lectores durante toda la historia.

Imagen para la edición de la colección “El séptimo círculo”, lamentablemente traducida “Enigma para tontos”

Sin embargo, si queremos jugar limpio, la locura no debe ser un factor relevante en las pesquisas de la ficción policial. La demencia justifica cualquier comportamiento y, como es sabido, excluye de la responsabilidad moral. El recurso a que «el asesino hizo lo que hizo porque estaba loco» es demasiado fácil. Enigma para locos no incurre en un error tan burdo.

Sí es admisible, por el contrario, la manipulación psicológica, como mostraron magistralmente al mundo autores como John Franklin Bardin o el binomio Boileau-Narcejac. Patrick Quentin fueron pioneros en este sentido y pusieron los primeros cimientos de esta derivación psicologista de la novela criminal. 

No se preocupe, Mr. Duluth. Y recuerde que si ve u oye algo fuera de lo común, se trata de algo real que se basa en hechos concretos. No deje que nadie ni nada le haga creer que sufre alucinaciones. Buenas noches.

Duluth es un detective aficionado poco ortodoxo. No es muy sagaz. Por ejemplo, usa desastrosamente el recurso hamletiano e ingenuo de mostrar un recuerdo del crimen esperando que, ante su visión, el criminal se delate. Y, sin embargo, tiene instinto. Devolver orden al mundo resolviendo enigmas forma parte de la terapia que él mismo se impone para salvarse de la demencia.

Esté uno borracho, sereno o convaleciente, el instinto de detective es tan fundamental e innato como el sexual.

En el sanatorio conoce a la hermosa, desvalida y extraña Iris, principal sospechosa del crimen, que le devuelve su condición de empresario teatral y de ser humano. Ella y Lenz lo curan. La investigación del asesinato y la lucha por un amor imposible convergen en lo que parece el oscuro descenso a un precipicio. Un abismo del que solo se sale tras una renovación total y radical.

El final de la novela, abracadabrante e ingenuo, no debe nublar nuestro criterio. Enigma para locos alberga una apasionante reflexión sobre los límites de la cordura. Es, además, un policial magnífico.

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