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El que susurra
John Dickson Carr
Por Noemí Calabuig Cañestro Publicado en Reseñas en 26 febrero 2021 0 Comentarios 10 min lectura
Una larga sombra Anterior Enigma para locos Siguiente

Cagliostro, tan obvio que puede ser reconocido por todos, parece hecho adrede para poner en escena lo que no puede ser visto.
Umberto Eco, Entre mentira e ironía

La literatura policial surgió al abrigo de la revolución industrial, que ensalzó la ciencia y el razonamiento empírico como las más excelsas de entre las potencias humanas. En las antípodas, el relato de terror, tan antiguo como el hombre mismo, intenta constreñir entre los límites del lenguaje lo más oscuro e irracional de nuestra psique. El detective es el héroe razonador; los monstruos de los cuentos habitan escondidos en nuestro interior y solo los dejamos sueltos en cuanto la razón vigilante cierra los ojos.

Dickson Carr quiso conjugar en su obra estos dos géneros en principio irreconciliables: el cuento de terror y la trama detectivesca. Antes lo había ensayado con éxito Chesterton. El novelista americano llevó el experimento hasta sus últimas consecuencias.

El que susurra (He Who Whispers, 1946) es un magnífico ejemplo de esta gozosa mezcla.

Se trata de una novela de posguerra. La desolación de un Londres de edificios derruidos y ventanas que no dan a ningún sitio enmarca el inicio de la historia. El protagonista, Miles Hammond, es un personaje desclasado, que busca ubicarse en el nuevo mundo que han dejado atrás los bombardeos.

El muro gris, con su gran ventana redonda, se elevaba casi intacto; pero no había vidrios en la ventana, y nada había detrás, excepto una torre grisácea que se divisaba a través de aquélla. En el sitio donde los fuertes explosivos habían hecho grandes destrozos a lo largo de Dean Street, formando un caos con los entarimados de las casas, las ristras de ajo arrojadas a la calle, los vidrios rotos y el polvo de las bombas, se había construido ahora un limpio depósito de agua, rodeado de alambre de púas para que los niños no se cayeran y se ahogaran.

Entonces, boqueando hasta los últimos momentos como un Gauleiter que traga veneno, la guerra había terminado. Miles salió del hospital, un poco débil, con su licencia militar en el bolsillo, encontrándose con un Londres todavía oprimido por las privaciones; un Londres con largas colas, con ómnibus desorganizados, con fondas vacías; un Londres en el que se encendían las luces de las calles e inmediatamente se las apagaba para economizar combustible, pero un Londres al fin libre del peso intolerable de las amenazas.

Igual que en La cámara ardiente, la fotografía de una mujer hermosa es el punto de partida y el centro de una historia sobrecogedora y terrible de amor, muerte, fantasía y reconfortante investigación racional. El entorno no puede ser más prometedor: el exsoldado es invitado a una sesión del Club de Amigos del Crimen a la que, sin razón aparente, no ha acudido nadie. Allí un estrafalario personaje cuenta la historia de Fay Seaton.

No tardamos en ver abiertas ante nuestros ojos las puertas del mundo sobrenatural al que tan aficionado fue Dickson Carr. Se evocan crepúsculos, brumas y sombras fantásticas, mucho más cercanos a Stevenson o Machen que a Van Dine o Sayers.

La noche, una mansión en el campo iluminada por lámparas de gas, siluetas que se deforman, susurros en la oscuridad, un pasado turbio que regresa y se repite como por una maldición… La figura enigmática y vampírica de una mujer se yergue dominando los elementos del retablo gótico.

Reflejada en los pequeños paneles de las ventanas, de vidrios oscuramente iluminados, vio él que en el rostro de Fay se dibujaba una sonrisa, vio que echaba atrás la cabeza y los hombros, vio accionar el cuello blanco, los ojos cerrados y los tensos brazos extendidos, antes de que su risa histérica se sofocara resonando en la silenciosa biblioteca, y se sintió ofuscado por la violencia de esta joven tan tranquila.

Los fabulosos relatos de E.T.A. Hoffman, Le Fanu o Theofile Gautier poblaron la literatura decimonónica de vampiros inolvidables. Inspirado, quizá, en la Lamia mitológica de la antigüedad grecorromana —que devoraba a los niños de otras mujeres tras enloquecer por haber asesinado a los propios—, el personaje de los colmillos nace con forma de mujer. El vampiro se alimenta de sangre humana y atrae a sus víctimas mediante un ritual cargado de sensualidad y erotismo. Es una amenaza y al mismo tiempo una tentación. La tentación de la carne, del goce de los sentidos. El peligro de dejarse llevar, de perderse a sí mismo, de convertirse en nada.

Y, sin embargo, estamos ante una trama detectivesca, no lo olviden. Por más que nos deleitemos en estos oscuros abismos, la deducción lógica, como colofón, debe llevarnos a buen puerto.

Dickson Carr siempre estuvo fascinado por el crimen imposible. Por eso frecuentó en tantas ocasiones el misterio de la habitación cerrada. Se trata de llevar hasta el extremo lo inexplicable, lo absurdo y lo terrible para, a la postre, dar un magnífico golpe de timón y resolverlo todo dejándonos con la boca abierta.

El que susurra comienza planteando un crimen en retrospectiva, desconcertante y siniestro tanto por sus propias circunstancias como por la presencia de la extraña mujer en el misterio.

Se nos sitúa en lo alto de una torre de muros lisos que se levanta junto a un río. Un hombre es hallado muerto tras haber sido estoqueado por la espalda con el filo de su propio bastón. El suicidio no es una explicación verosímil. Sin embargo, después de que dos testigos lo dejaran solo e ileso, no se vio a nadie salir del torreón, que poseía una única entrada.

La víctima se había citado en ese lugar apartado con Fay Seaton, la enigmática mujer de la foto. Al parecer, su objetivo era persuadir a la joven para que se alejara de su hijo, quien tenía la intención de casarse con ella. Una serie de rumores acerca de la naturaleza de esa mujer habían empezado a difundirse por el pueblo. Aunque no pudo probarse su culpabilidad, la opinión pública la condenaba y los hechos parecían confirmar las sospechas.

El protagonista queda desde el principio atrapado por la historia de Fay Seaton y por la imagen de la fotografía, que ha empezado a asumir más realidad para él que el mundo que lo rodea.

Un rostro suave, una cara perturbadoramente obsesionante, no miraba de frente al espectador. Los ojos eran espaciados, las cejas delgadas, la nariz chica, los labios gruesos, algo sensuales, a pesar de que la gracia y el cuidadoso porte de la cabeza lo contradecía. Solamente en la comisura de aquellos labios se eludía la contracción de una sonrisa. El peso del oscuro cabello rojizo, suave como vellones de lana, casi parecía demasiado pesado para el delgado cuello. No era una belleza, sin embargo, turbaba la mente.

Esa mujer se ha metido en su cabeza y no puede dejar de pensar en ella. Siente la necesidad de salvarla, de limpiar su nombre, de ofrecerle la posibilidad de una vida. Familiares y conocidos le advierten del peligro que corre. ¿Se perderá a sí mismo en el intento?

Sus fantasías y sus miedos se materializan cuando Fay Seaton se cruza en su vida y es invitada a entrar en su casa. En ese momento comienza el suspense. Nuevos acontecimientos inexplicables anuncian que hay vidas en peligro.

El encargado de llevar a cabo la investigación será en este caso el gran Gideon Fell, quizá la creación más memorable de Dickson Carr. En esta ocasión nos encontramos ante un Fell lacónico y misterioso, casi fantasmal, con toda su rotundidad de volumen.

El doctor Gideon Fell fumaba en una gran pipa de espuma de mar, junto a la ventana al fondo del vestíbulo. La incandescencia roja del hornillo de la pipa latía y se oscurecía reflejándose en los lentes del doctor Fell; un vapor de humo se ensortijaba como fantasmas al salir por la ventana.

Dicen que el diablo se halla en los detalles. Por eso Fell ahonda en el significado de los diferentes testimonios.

Pero, para mí, el mayor interés de un caso no reside en los indicios materiales, como un bonito rompecabezas con todas las piezas numeradas y de diferentes colores. ¡No! Para mí reside en la mentalidad humana, en el comportamiento humano; si lo prefieren, en el alma humana. —Su voz se hizo aguda—. En Fay Seaton, por ejemplo. Descríbanme, si pueden, su mente y su alma.

La entonación, el contexto, la gestualidad. Nada pasa desapercibido al detective. Su método es holístico. Ve lo que los demás no ven. Percibe y procesa todos los detalles a la vez y les da el único significado posible. Extrañas reacciones, palabras descontextualizadas y veladas alusiones son el material con el que trabaja. Todo debe ser analizado. ¿Por qué Fay Seaton se rio de un modo diabólico al preguntarle si se había casado con Harry? ¿Qué significa el golpe que Stefan dio con el paraguas sobre la mesa? ¿Por qué el padre de Harry bajó las escaleras desolado cuando volvía del cuarto de su hijo?

Las respuestas a estas preguntas y a otras semejantes permitirán al orondo doctor dibujar un mapa de los acontecimientos presentes, conocer a los implicados y deducir las acciones del pasado. Ningún elemento debe ser ignorado, pues la única interpretación posible es la que permite encajar todas y cada una de las piezas de este rompecabezas magnífico. Pero el tiempo corre y no se trata únicamente de resolver un caso de asesinato, sino de identificar y proteger a nuevas posibles víctimas. 

Es interesante comprobar cómo la luz de la razón se abre paso en la oscuridad, espanta a los fantasmas y, finalmente, desvela esta trama demoniaca tan compleja como apasionante. El que susurra consigue desconcertar al lector como pocos enigmas. Uno se adentra en los entresijos de la trama y los hechos se suceden sin que consigamos entender nada: la voluptuosidad, la seducción y el carácter hipnótico de los gestos y palabras; las marcas en el cuello, las visitas nocturnas y la intromisión en los sueños; lo inexplicable, la sugestión, la alusión a lo sobrenatural y a la existencia de una vida de ultratumba… Todo se enmaraña hasta resultar incomprensible. Pero hay que perseverar y seguir leyendo hasta el final para conseguir comprender, para, al fin, en una gozosa epifanía, alcanzar una perspectiva desde la que contemplar el misterio en su totalidad. Y entonces, y solo entonces, dicho misterio irremediablemente se desvanece.

Siempre emociona descubrir la verdad. Y, sin embargo, también desilusiona. Afortunadamente, el ser humano tiene la extraordinaria virtud de volver a disfrutar con cada una de estas magníficas historias como si fuera la primera.

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